Ana de Mendoza y de la Cerda nació en el castillo de Cifuentes en 1540. Era hija de
 Diego Hurtado de Mendoza, conde de Mélito y Catalina de Silva, hija de los condes de
 Cifuentes. Por su condición de joven noble de una de las grandes familias castellanas,
 los Mendoza, el príncipe Felipe la escogería para que contrajese matrimonio con su
amigo y privado Ruy Gómez de Silva. Su infancia se vio marcada por las desavenencias 
y problemas maritales de sus padres, destacando de esos primeros años la leyenda en
torno al parche en su ojo derecho, pues, aunque la tradición nos habla de una pérdida de 
este haciendo esgrima, es más que posible que sufriera alguna enfermedad o defecto 
ocular.

A la vuelta de Ruy Gómez de sus viajes junto Felipe II por Europa, se consumaría el
 matrimonio, estableciéndose primero en Madrid, donde la princesa forjaría una gran 
amistad con la reina Isabel de Valois, y tras la compra de Pastrana por Ruy, se
 establecería en Pastrana, cabeza de sus estados y ducado.
 La llegada en 1569 de santa Teresa de Jesús a Pastrana, tras la llamada de los príncipes 
para que fundara en la Villa, dentro del programa reformador de la Orden del Carmelo
de la santa abulense, supondría uno de los primeros capítulos que nos muestran a Ana 
como una mujer impulsiva, poderosa y de un marcado carácter que la supondría no 
pocos problemas, en este caso tras el enfrentamiento entre ambas en el Palacio Dual por 
la indiscreción de la princesa con la santa.

Tras la muerte en 1573 de Ruy Gómez, en un arrebato de locura, la princesa decidió 
ingresar en el recién fundado convento de san José. La llegada de la princesa al
 convento supuso que las monjas salieran huyendo ante tal intromisión, desapareciendo 
la fundación carmelita que sería sustituida por la propia princesa por hermanas 
concepcionistas. Ante la falta de razón y la inestabilidad de la princesa, el propio rey le 
llamaría al orden obligándole a ejercer como jefa de su Casa y cuidar de su hacienda e 
hijos, lo que le acercaría a la Corte y a su amigo y secretario real, Antonio Pérez.
 De sus años como viuda dama de la Corte se ha dicho de todo, pues lo enigmático de su
figura y la nefasta leyenda negra han hecho el resto. Fue tan fuerte su influencia en
 Antonio Pérez y en el propio rey, que junto con su poder por ser una de las más altas
 damas cortesanas, se vio implicada en los más turbios asuntos de Estado como el
 asesinato de Juan de Escobedo, secretario del hermanastro de Felipe II, Juan de Austria.
 Esta vinculación le costó la reclusión la última década de su vida en su propio palacio pastranero, donde enferma, defendiendo su inocencia y clamando piedad falleció en 
1592.