Ana de la Cerda pertenecía a una de las más prestigiosas familias castellanas. Con solo dieciocho años, tras el fallecimiento de sus padres y hermano, Ana se convirtió en una rica propietaria encargada de gestionar su propia fortuna. Seis años después, su carácter independiente se hizo patente al negociar el enlace matrimonial con Diego Hurtado de Mendoza.

Pastrana fue siempre un lugar muy valorado por Ana de la Cerda; tuvo que vencer la contraoferta planteada por unos vecinos de Pastrana para comprarla como herencia de su hijo Gaspar. Una vez dueña de la villa, encargó a su gran amigo Alonso de Covarrubias el diseño de un palacio; un complejo palacial con palacio, jardines, plaza, muralla y puerta monumental. Cuando comenzó la construcción del mismo, Ana se trasladó a vivir en el Palacio Viejo.

Sin embargo, el malestar de los pastraneros por no haber sido ellos los elegidos para comprar la villa y la desmesurada tala de “más de quince mil pies de robles y encinas y pinos” junto con la demolición de una parte de la antigua muralla hizo que Ana se encontró desalentada por pleitos. A la edad de sesenta y ocho años y con una salud deteriorada, Ana terminó el cuerpo del palacio y abandonó Pastrana para ir a Toledo.

Pastrana le debe a Ana de la Cerda la construcción del Palacio Ducal y la llegada de los Mendoza, siendo esta la razón por la cual se convirtió Pastrana en uno de los lugares centrales de la monarquía que dominaba el mundo. En la fachada del palacio, la decoración de la portada principal incorpora dos medallones con busto clásico que probablemente representen doña Ana y su marido.